Todos los días, sin falta, doña Marisela instala su carrito de elotes en la esquina de la avenida Salvador Alvarado. Lleva ahí 20 años. "He visto crecer a los hijos de mis primeros clientes, y ahora atiendo a sus nietos", cuenta con una sonrisa mientras unta mayonesa sobre una mazorca.
Su historia es la de miles de comerciantes que sostienen la economía informal de Cancún: madrugadas largas, ganancias inciertas, y una resiliencia que rara vez se cuenta en los medios tradicionales.



